Las mujeres en los espacios públicos: entre la violencia y la búsqueda de libertad

El espacio público es un campo donde confluyen múltiples y diversos escenarios, es un lugar de encuentro y socialización, en el que cada cual puede gozar de los placeres de la pura sociabilidad, vida relacional sin objeto concreto pero, al mismo tiempo, es como el ámbito donde se puede ejercer el derecho a hablar y a hacer con relación a los asuntos públicos , un lugar donde coinciden y se confrontan relaciones de poder y búsqueda y ejercicio de libertades individuales y colectivas. 

Por tanto, el espacio público, pensado como el lugar donde se concreta la cosa pública, que es para todos, en donde se espera no existan restricciones explícitas de acceso para nadie está lejos de ser neutro; por el contrario, es el entorno donde se escenifican múltiples exclusiones. Existe todo un conjunto de individuos y de grupos sociales concretos que quedan fuera del espectro más amplio de acceso a los espacios públicos, algunos de ellos precisamente para defenderse del “trasiego de la vida pública”, y de la violencia que conlleva, como es el caso de las mujeres. 

El encuentro e interacción de hombres y mujeres en los lugares públicos tiene significados y consecuencias diferentes para unos y otras, dependiendo del contexto social e histórico específico que los rodea. Esas variaciones se concretan en la manera en cómo el cuerpo femenino, o más en específico su corporalidad, es presentado y percibido. En un contexto social actual, marcado por la violencia social, ya sea la que genera las desigualdades sociales agudizadas en los últimos tiempos o la que provoca el crimen organizado, sobre todo la guerra de y contra el narcotráfico, las mujeres son las primeras en experimentar la invasión y agresión de sus cuerpos, lo que pone en cuestión la máxima de que el espacio público es un lugar de y para todos. 

La incursión de las mujeres al espacio público no ha supuesto “la desaparición de la naturaleza fuertemente sexuada de la actividad en las calles y plazas, ni en los lugares semipúblicos de diversión”. Las desigualdades entre hombres y mujeres son una construcción fundadora del orden social, por lo cual la violencia contra ellas en esos lugares va a traducir cabalmente estas relaciones desiguales de poder entre los sexos. En el imaginario colectivo pervive la percepción de que la violencia que viven las mujeres fuera de sus casas, por el hecho de ser mujeres, es de su responsabilidad exclusiva y no un problema que compete a los poderes públicos atender y prevenir. 

Si alguna mujer es acosada o atacada sexualmente en un lugar público, en principio se pone en cuestión su comportamiento y manera de vestir, además de las razones de su presencia en el sitio y horario de la agresión. Ante la inseguridad que se vive en la actualidad, en el mejor de los casos se ofrecen recomendaciones para que las mujeres se protejan solas, ya sea evitando a los desconocidos o limitando sus horarios y lugares de circulación.

A las niñas y jóvenes se les continúa educando en el temor del mundo que habita fuera de la casa, con todo y que en apariencia es en el espacio familiar donde se resienten los riesgos más fuertes de sufrir violencia, al menos hasta hace algunos años y en ciertas regiones del país. La lgamvlv incorpora estas manifestaciones de violencia dentro de lo que denomina violencia en la comunidad, que considera como actos de esta modalidad a los que individual o colectivamente “transgreden derechos fundamentales de las mujeres y propician su denigración, discriminación, marginación o exclusión en el ámbito público”. 

La definición es muy general y, de acuerdo con lo que se interprete por ello, puede incluir o descartar muchas expresiones de acoso físico, verbal y sexual y atentados a la vida e integridad de las mujeres. La ley contempla algunas medidas para su “erradicación”, pero la gravedad del fenómeno se revela mayúscula respecto del marco de garantías establecido.

Fuente con el estudio completo:
http://www.redalyc.org